Comienza el confinamiento en Madrid a causa del COVID-19. A sus cinco años Aitor, pegado al padre y acompañado por él, acude a su primera videollamada con su psicoanalista, María.

Hasta ahora Aitor y María tenían encuentros en la consulta, compartían juguetes y palabras cara a cara. Muchas razones habían llevado a Aitor hasta la consulta de María. En cada cita una ocurrencia creaba la escena de la que hablar o a la que jugar. Una gracia, una sorpresa, y sobre todo una molestia sentida por Aitor, daba paso al acontecimiento que se desarrollaba jugando.

Normalmente la ocurrencia no aparecía de entrada, se iba desplegando durante el diálogo, con palabras y juguetes: “Alex dice que soy tonto, y…” la bombillita se encendía en su cabeza, surgía el acontecimiento que lo había dejado pensando, y que le había afectado no sólo a él sino también a su amigo… o a otro u otra participante de sus vivencias. Para ello había sido necesario crear entre ambos – Aitor y María- el clima de confianza necesario, tal que, Aitor sintiera que el juego creado sería acogido con respeto.  

Dice Freud: “los niños y las niñas aprenden a respetar y obedecer a las personas que los cuidan y que cuidan sus creaciones”. Cumplida esta labor de consideración por las cosas propias de Aitor, en cada encuentro se creaba un ambiente de magia, propia del juego y sus formaciones, que permitía elaborar aquellas situaciones de la vida que le angustiaban y dolían.

«Niñas, niños y adolescentes respetan y obedecen
a aquellos que los cuidan y cuidan de sus creaciones
«

Todo el mundo sabe que cuando un niño se pone una caja de cartón en la cabeza deja de ser una caja de cartón y puede ser por ejemplo un casco espacial. Es un hecho natural que en el acto de jugar las cosas dejan de ser lo que son y pasan a ser otra cosa, pero no da igual quien dice la palabra oportuna de dicha transformación. Lo esencial en las consultas con Aitor era cuidar el respeto por su tiempo y la espontaneidad de sus ideas, con la certeza de que vendrán en el momento oportuno y serán efecto de su memoria inconsciente.

A Aitor le salía jugar a aparcar coches una y otra vez, por ejemplo, y en cada repetición encontraba lugar personal y único para cada coche, algo que representaba la posibilidad de salir a la aventura y volver. Las aventuras de sus juegos iban quedando asociadas a las desventuras padecidas: La relación con sus hermanos y con sus compañeros y a la relación con su padre. Tener casa-del- ser como dicen los filósofos, permite salir a habitar otros espacios.

El efecto de dichas elaboraciones era la creación de nuevas realidades: dejó de estar obligado a ser “el rey de la casa” y pasó a ser un chico con ganas de expresarse para participar en la escena, por ejemplo. Ser el rey le había llevado incluso a renunciar a hablar para que se le entienda, no se le entendía y ya no hacía gracia. Al dejar de intentar estar siempre presente (lo que tenía como consecuencia un cierto aislamiento del mundo) comenzó a cobrar más fuerza las ganas de amigos y amigas, empezando a tener algunos. También cobró sentido el sentirse orgulloso de desear escribir, de jugar a escribir con seriedad, conseguir que su padre confíe en él para algunas cosas, como usar el teléfono para hablar con María o con la Abuela sin su presencia…

Podríamos decir que los adultos/as reflexionamos dialogando y pensando, los niños y las niñas reflexionan jugando y dialogando dentro del juego. Es durante el juego que niños y niñas consolidan sus momentos felices y elaboran sus desventuras.

El juego permitía a Aitor aprender de sí mismo además de aprender de sus mayores, explicar sus vivencias, investigar la realidad de otros y otras. Cosa que, podía llenar de orgullo a la abuela y al abuelo, a la maestra.

Como suele ocurrir a adultos y adultas, las escenas vividas como muy dolorosas pueden recordarse como relativamente gratas cuando se evoca la calidad humana de quienes lo acompañaron.

Aitor transformaba, a través del juego dialogal, escenas vividas como violentas, en construcciones que pueden comprenderse y de las que se pueden recuperar recursos, herramientas para procesarlas, lo que le permitía recuperar actitudes como poder decir que no cuando algo le parecía dañino para él, también contar con otro para protegerse, lo cual evitaba sentimientos tóxicos y destructivos como rabia, sufrimientos innecesarios o impotencia.

Ahora Aitor tenía que estar en casa con su familia, postergando su mundo del cole y las estancias con la abuela y el abuelo. Sólo sabía que no podía salir por el coronavirus, “Una cosa que te puede matar si tocas a otros”, llegó a decir una semana después, cuando pudo hacer preguntas.

La primera videollamada:

Tal como habían acordado, María realiza la videollamada a Aitor. El padre contesta con un saludo, la cámara se abre y Aitor, que ya había escuchado la voz de María respondiendo al saludo, se abre paso desde debajo del codo del padre y asomando el rostro dice: “¡hola, hola!”, El padre se retira, le deja el espacio para que logre ver la pantalla y para que pueda hablar, reconociendo con su gesto que es Aitor el protagonista de la palabra, que la llamada es entre Aitor y su psicoanalista.  María descubre los ojos grandes del niño ocupando toda la pantalla, como asomándose al otro lado para ver qué hay. Mira desde ahí y pregunta con cierta ansiedad: “¿Cuándo nos vemos?” Curiosa pregunta, se estaban viendo y él lo primero que pregunta es cuándo nos vemos. Hay allí dos vernos diferentes. Uno que echa de menos la presencia de los cuerpos en la consulta. Otro más enigmático aún, que merece toda nuestra consideración, en tanto que Aitor encontraba un rostro distinto, una perspectiva diferente de aquellas percepciones del acto íntimo de hablar y jugar en el despacho.

En efecto, la falta de las cuatro dimensiones de la consulta se verifica en las vacilaciones de Aitor pues en la videollamada, como en la tele o los videojuegos, aparecían sólo dos, y al poco de transcurrir la conversación se iban añadiendo otras faltas, como la falta de intimidad por la presencia del padre, la falta de cuerpo necesaria para jugar (mover cosas, ocupar un personaje) en la consulta, y, por tanto, también, la falta del acontecimiento que se produce al jugar. Sin embargo, iban apareciendo otras posibilidades.

Con el tiempo descubre que en la videollamada también se juega. Cierto que le falta algo, cuerpo, presencia, algo de tiempo presente. Aún así, el juego en la videollamada toma cuerpo.  Aitor va…, mejor dicho, van descubriendo con María, que el juego online también crea y sostiene el vínculo, sobre todo el vínculo que acompaña para que la historia singular de Aitor, generalmente no consciente, se realice en el acto del jugar.

Cuando en la consulta Aitor decía Mío, lo hacía en forma repetida: mí y mío. Mi coche mío, mi hermano mío, mi padre mío … Algo que aún hoy día expresa para Aitor el acto de tener algo propio, algo que se ha ganado y le ha llevado su tiempo hasta hacerlo propio. Importante pasaje que puede formularse así: tengo una madre, me he ganado una madre, ahora puedo decir legítimamente, es mi madre.   Esta María de la primera videollamada aún no era “mi psicóloga”.

 En esta primera ocasión, el acontecimiento con el que poner a prueba el espacio de juego consistía primero en reconocer lo provisionalmente perdido, echarlo de menos, y, dar paso a una duda: ¿se podrá jugar y tener intimidad? Ambas cosas, la pérdida y la dura se trabajarán jugando.

En la sesión por videollamada. Algunos efectos.

Curioso, en la televisión se participa de escenas, con actores o con dibujos animados, creadas por otros/as, escenas que pueden, o no, evocar sentimientos personales. En la videollamada se van a ir produciendo escenas creadas por la imaginación, los malestares o las alegrías de la vida de Aitor, realizadas por la compañía de María.

María le responde, tras ese breve instante de mirada inquieta, a la pregunta acerca de  cuándo nos vemos: “En un par de meses yo creo que ya podremos vernos”. El padre irrumpe de atrás invadiendo la cámara con un: “¡de salir ni hablar, no quiero que le pase nada a mis niños ¡” La mano de Aitor sujeta con fuerza el móvil por debajo de la del padre. Él no sabe aún qué tiempo son dos meses, pero sí alcanzó a escuchar la promesa de María de que se verían, después de un tiempo de la espera.  María le dice al padre que “los tiempos son inciertos para todos, iremos viendo sin prisas”. El padre con una sonrisa afloja la mano, y cede otra vez el lugar al hijo.  

Cabeza con cabeza, pegado al padre, Aitor mira con los ojos más grandes si cabe y pegados a la pantalla, ocupándola de equina a esquina. Se retira un poco y, dirigiéndose al padre y a la pantalla alternativamente, dice: “¡tiene gafas ¡”-señalando sus propios ojos-, “! y tiene una cosa ahí ¡“– señalando su propio mentón-.  “¿lo ves?” – inquiriendo al padre.

cara a cara, con hilos fantásticos de imaginación

La mirada de Aitor se detiene en el semblante de María, en el que aparecen dos cosas enigmáticas: unas gafas y el mentón o una cosa en el mentón. trocitos del nuevo rostro de María. Ya conocía las gafas y el mentón de María, pero “algo” distinto parece imponerse a la mirada. En el diálogo van a ser motivo para jugar, para construir esta nueva María. Construir la historia con María en la consulta y las posibilidades de jugar ahora atravesando la pantalla, con los  hilos fantásticos de la imaginación y la interrogación.  Tomar la realidad como juguetes, cosas que dejan de ser lo que son y pasan a ser otra cosa. Partes de la imagen, como estas del rostro de María en la primera videollamada, y luego otras como sus juguetes de casa y los dibujos que quiere mostrar. No entiende por qué no los ve María, desde dónde mira, y por tanto también, desde dónde mira él. Trocitos que  se van convirtiendo en material de elaboración. Se trataba de otro Aitor y de otra María, y del deseo de hacerse ver, de dar a ver, de estar ahí en la escena, de que una nueva aventura daba comienzo.

Junto al rostro de María, cobra relevancia la emergencia de otras perspectivas:  el tamaño de las personas, y la manera de hacer ver al otro un objeto a través de la cámara de la pantalla.  De estas dos experiencias, Aitor descubre nuevas relaciones. El tamaño: Al mirar de frente y no desde abajo hacia arriba, que es la forma natural en la que se dirige a un adulto o adulta, Aitor tiene otra visión en varios sentidos. Se asombra de mirar de entrada cara a cara, a la altura de la otra. Sin pedir que lo alcen o sin que la adulta se tenga que agachar, sin alzar la mirada. Al mismo tiempo, por asociación y de jugando, él ve cosas que no se ven de entrada, hay ciertas reglas de la óptica que experimentar, o cosas que sólo se pueden ver con imaginación y tienen su peso de realidad. Esa perspectiva se conecta con otra experiencia, una nueva pérdida y una nueva existencia o escenario de la vida: Dejar de ser el rey de la casa, el pequeñito, al menos cuando es necesario, y pasar a ser… “alguien”. Alguien que en principio no se sabe quién es.

el tiempo…. algo que sorprende

El tiempo del juego es divertido, seriamente divertido por muchas razones pero tomemos estas dos que pone Aitor de manifiesto: uno tiene la certeza de que algo sorprendente se va a producir, por sorpresa, como efecto del trabajo, no por imposición; además, se van diversificando  los sentidos que van cobrando los objetos y las personas.

Poco a poco Aitor iba elaborando que él también era responsable, en cierta medida, de la excesiva presencia del padre.  

Aitor sigue viendo a María por videollamada y juegan y hablan de esta otra manera, de frente, con pantalla y creando hilos mágicos que atraviesan la imagen y cobran realidad de juego,  que tienen efectos en sus otros entornos.  Muchas experiencias han ido pasando dentro de casa que necesitan ser elaboradas. El padre va hablando de su miedo al virus del COVID. Un virus que se diversifica, y contiene otros “virus” que también acechan y representan peligro para su lugar de padre, otras fobias naturales y preocupaciones. Diálogo que indican el camino de un padre que es necesario que esté para Aitor y para que el propio padre pueda disfrutar de sus ocurrencias: el que, desde atrás, cuida el espacio de lo que Aitor quiere expresar y aún no se sabe qué quiere decir. Eso que, sin impaciencia de otros, sin imposición, termina apareciendo.

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