En un verdadero ensayo del escritor Carlos Fuentes, titulado “Kafka no va a la playa”, y a propósito de la novela El daño de Sealtiel Alatriste, la madre de Kafka aparece retratada en relación a su hijo como:

«una presencia piadosa y un influjo de misericordia que consiste en callar para que el hijo hable».

Carlos Fuentes. Kafka no va a la playa

Kafka debía a su madre no sólo la lengua materna, aquello que le permite nombrar, decir, hablar, leer y llegar a escribir; le debía algo más. Según las palabras de Carlos Fuentes, su deuda de gratitud histórica tiene su origen en esa presencia materna que constituye su primer Otro con mayúscula: alguien con quien contar, alguien que, cumpliendo su función de escucha, crea la posibilidad de hablar, de decir, de nombrar. Se trata de una presencia silenciosa y de una de las más altas presencias que acompañan y son patrimonio de los seres humanos, pues, en última instancia, uno vive y dice sus verdades sólo si tiene cierta certeza de ser escuchado, acogido, acompañado. Si no, esas verdades se pierden para siempre. Seguramente esa madre, como tantas otras, supo dejar lugar a esa otra que ahora «calla para que el hijo hable». La nobleza materna no tiene límites; la historia continúa, y otras madres se crearán en el curso de la vida.  

En el mismo ensayo, más adelante dice Carlos Fuentes:  

«Si Franz Kafka le dio un rostro a los horrores del poder en el siglo XX, es posible que también sea el profeta del poder en el siglo XXI. Aquél se hizo visible, demasiado visible, en el Auschwitz de Hitler y en el Gulag de Stalin. Hoy, el poder ha aprendido las maneras de hacerse invisible, contando, más que nunca, con que la propia víctima le otorgue fuerza al poder».

Carlos Fuentes. Kafka no va a la playa

Quizás, padres y madres solemos, por herencia, tener en cuenta esta profecía sobre el poder que hace Carlos Fuentes. En nuestro país, y en muchas partes del mundo, el castigo era la forma privilegiada de educar a los hijos y las hijas. Este método educativo tiene un previsible efecto colateral: una vez dicha la ley, quedan establecidos los caminos de la trampa. Al sometimiento por miedo al castigo sobreviene, como consecuencia lógica, la rebelión o, mejor dicho, la iracundia. Se trata de un modo de educar amenazadoramente visible y audible erigido sobre la pretensión de adoctrinar e instruir.  

Gracias a la promoción cultural, ha dejado de valorarse el castigo corrector y ejemplificador y se ha abierto la posibilidad de otros caminos; entre ellos, y privilegiadamente, aquel al que alude la cita de la madre de Kafka. Esta cita proporciona una fórmula eficaz para evitar cualquier acción precipitada que promocione inexorablemente la infelicidad. Se trata de la difícil –o, mejor, no facilitada– fórmula de «callar para…» que se manifiesten las verdades de los hijos y las hijas. Afrontar el mundo haciendo buena sociedad con la familia y con un@ mism@ es contar con una logística solvente que prepara para cualquier sorpresa que la sociedad –a la que deben ingresar, pertenecer y actuar– les depare.

La madre de Kafka estaba preparada para esa difícil presencia de su hijo en el momento en que decía sus verdades. Preparada quiere decir que cuenta con recursos para afrontar aquello para lo que no está preparada. Cuando alguien dice una verdad singular, la escucha siempre es una primera audición, y la única referencia está en el que habla, en su historia, en sus experiencias; por lo tanto, son decires nunca antes dichos a nadie, y por lo tanto tampoco escuchados. En este sentido, el oyente verdaderamente carece de respuestas. Si creyera tenerlas, sólo servirían para acallar las verdades, y, además, no cumplirían con su intención de eliminar la angustia que esa ignorancia despierta en el oyente.

La lectura del ensayo de Carlos Fuentes nos inspiró la única intención de proponer herramientas para evitar que vuelvan a aparecer los efectos de un poder sometedor: efectos que se traducen en crear seres sometidos, temerosos y complacientes que ocultan su iracundia –forma estéril de rebelión–. Esta iracundia aparece, en el contexto de este tipo de poder, como la única conducta disidente posible, si bien no es más que mera descarga sufriente dirigida hacia el propio cuerpo o hacia los otros. Con la cólera se formula una especie de «yo también tengo algo que decir», aunque este hacer y decir son estériles y no llegan nunca a alterar la fuerza del poder parental que somete.

Hacerse responsable de lo que uno escucha es saber responder por ello: la madre de Kafka calla para seguir escuchando, como respuesta a las verdades del hijo.

Esta experiencia verdaderamente educadora o formativa es lo que permite al Kafka de Fuentes colarse con sus libros en las playas y «provocar un eclipse solar y una marejada que convierta los hoteles en castillos de arena… y a los bañistas en escarabajos».

Publicado también en Armando Ingala Charlín blog sobre psicoanálisis y vida cotidiana https://armandoingala.wordpress.com/

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